Reivindicando a Cipolla

Carlo M. Cipolla (1922-2000) fue un historiador económico italiano de gran brillantez. Sus estudios sobre las especias, la pimienta, en concreto, en el comercio y el desarrollo económico en la Edad Media[1], o sobre las máquinas del tiempo (los relojes) y de la guerra (cañones y velas) en la génesis del capitalismo[2], o los factores compartidos en la decadencia económica de los imperios[3], ya le otorgan un papel destacado en esta ciencia social lúgubre, por entristecer, que es la economía.

¿Pero qué hace un médico hablando de un historiador económico? ¿Y qué tiene que ver Carlo Cipolla con la economía de la salud? Mientras la primera pregunta queda como incógnita, la segunda tiene una respuesta contundente: mucho. Cipolla investigó una de las fuerzas que más se oponen al crecimiento del bienestar (el welfare tan perseguido por los economistas) y a la felicidad humana (la happiness tan perseguida por todos). En su afán científico llegó a formular las leyes fundamentales que rigen dicha fuerza que no es más que la estupidez humana.[4]

Cipolla aborda la definición de estupidez, la importancia de clarificar los términos para entendernos todos, con extrema elegancia. Siendo como somos animales sociales, aunque no todos con la misma intensidad, estúpido es aquel que, sin sacar ningún provecho para sí mismo, al contrario, también puede damnificarse, perjudica a los demás (constituye la tercera ley o ley de oro). El gráfico cartesiano siguiente lo ejemplifica con claridad al mostrar la distinta tipología de personas (inteligentes, incautos, malvados y estúpidos). Está claro que no son categorías excluyentes y en la conducta o acción de cada uno se puede estar en distintos cuadrantes. Es importante, sin embargo, la diferenciación entre estúpido y malvado, pues este último, causando un perjuicio a otro u otros, sí que obtiene una ganancia personal. El incauto, cuadrante superior izquierdo, es aquel que en su acción se perjudica a sí mismo, pero beneficia a otros, muchas veces sin pretenderlo. Cuando ambas partes, uno mismo y otro/otros obtienen provecho, se trata entonces de una persona inteligente la que lleva a cabo la acción. Así de simple.

Fuente: Cipolla CM. Las leyes fundamentales de la estupidez humana. En: Allegro ma non troppo. Crítica. Barcelona, 2006.

Cipolla esgrime que los caracteres humanos son influidos por la genética (la naturaleza) y por la educación y el ambiente social (la crianza). El siempre repetido aserto, que no divergencia, entre natura & nurture, tan popularizada y pegadiza en el mundo anglosajón. Cipolla, sin embargo, defiende que, en la estupidez, los determinantes biogenéticos son más poderosos, es decir, uno nace estúpido. También defiende que hay una fracción, ε (épsilon), que constituye una constante que distribuye uniformemente el número de estúpidos independientemente del grupo social escogido o de la dimensión de dicho grupo. Para reforzar este último punto refiere los estudios que repetidamente se han llevado a cabo en distintas universidades. La población de una universidad, es bien sabido, puede clasificarse en bedeles, empleados, estudiantes y cuerpo docente. Cuando se han estudiado dichos grupos, al encontrarse un ε elevado (primera ley) entre los bedeles se ha tendido a explicar el resultado por su procedencia familiar y escasa instrucción. Pero entre el grupo de empleados y estudiantes se ha encontrado la misma proporción y, cosa aún más sorprendente, la misma fracción ε de estúpidos entre los profesores. Siendo los resultados tan extraordinarios, se ha examinado, según cuenta Cipolla, el grupo de los galardonados con el Premio Nobel, confirmándose la existencia de la misma fracción.

La capacidad de hacer daño de una persona estúpida depende de la carga genética (el número de polimorfismos asociados estadísticamente o a la penetrancia como dirían los biólogos) y de la posición de poder que ostente. Por esto, concluye Cipolla, que entre los burócratas, generales, políticos y jefes de estado se encuentra la fracción ε más dañina que pueda haber. Entre los políticos, el mismo sistema democrático asegura el ascenso y mantenimiento estable de estúpidos en el poder, teniendo en cuenta también que entre los votantes existe la misma fracción ε de estúpidos.

Estas leyes fundamentales o básicas de la estupidez humana se recogen en la tabla siguiente:

Primera. Siempre e inevitablemente cada uno de nosotros subestima el número de individuos estúpidos que circulan por el mundo.
Segunda. La probabilidad de que una persona determinada sea estúpida es independiente de cualquier otra característica de la misma persona.
Tercera. Una persona estúpida es una persona que causa un daño a otra persona o grupo de personas sin obtener, al mismo tiempo, un provecho para sí, o incluso obteniendo un perjuicio.
Cuarta. Las personas no estúpidas subestiman siempre el potencial nocivo de las personas estúpidas. Los no estúpidos, en especial, olvidan constantemente que, en cualquier momento y lugar, y en cualquier circunstancia, tratar y/o asociarse con individuos estúpidos se manifiesta infaliblemente como un costosísimo error.
Quinta. La persona estúpida es el tipo de persona más peligrosa que existe. El estúpido es más peligroso que el malvado.

 Fuente: Cipolla CM. Las leyes fundamentales de la estupidez humana. En: Allegro ma non troppo. Crítica. Barcelona, 2006.

Con una persona estúpida, dice Cipolla, todo es absolutamente imposible. No hay racionalidad que valga. Hay que tener en cuenta que la persona inteligente, en general, sabe que lo es, así como el malvado también es consciente de su maldad. El incauto esta penosamente imbuido de su candidez para reconocerse a sí mismo. Pero el estúpido, como el ignorante, no sabe que lo es, al contrario, a veces, aparenta ingenio o sagacidad de lo cual carece. A veces se cree que el estúpido solo se perjudica a sí mismo, pero entonces se está confundiendo estupidez con candidez.

Un país que progresa, con su fracción ε de personas estúpidas, tiene no obstante un porcentaje insólitamente alto de personas inteligentes que mantienen controlada la fracción ε y proporcionan beneficios hacia ellos mismos y hacia los otros miembros de la sociedad. En un país en decadencia, sin embargo, el porcentaje de estúpidos en el poder se mantiene constante (ε), pero se incrementa de forma alarmante el de malvados (las corruptelas tan comunes) y, entre los que no detentan el poder, el número de incautos. Se entra en un círculo vicioso que lleva al país a la ruina.

Los investigadores en el campo de la biología tienden a buscar los polimorfismos genéticos asociados a una alta capacidad intelectual, generalmente medida según el coeficiente de inteligencia (IQ, por sus siglas en inglés) que Steven J. Gould ya consideró en su momento como una falsa medida de los humanos.[5] En un estudio de asociación de genoma completo se habla de cientos de polimorfismos genéticos que pueden explicar el 40-50% de las diferencias en la inteligencia según otras medidas de la misma, sin conocerse cuál de las variantes tiene un efecto significativo.[6] Siendo esta vía de la inteligencia tan compleja, podría sugerirse examinar las raíces biológicas de la estupidez, sin ningún tipo de afán eugenésico, pues solo puede haber gente inteligente si, a la vez, los hay estúpidos.

Cipolla escribió sobre temas de salud pública (miasmas y enfermedades) en la época preindustrial,[7] sobre la salud pública y la profesión médica en el Renacimiento[8] y sobre la peste en el siglo XVII, pues tenía bien claro el importante efecto de las plagas en la economía y la sociedad como recientemente se ha visto. También sobre las dos culturas, en su caso la historia y la economía. Sirva finalmente de ejemplo de la lejanía entre las humanidades y las ciencias, que Cipolla pretendía revertir y asumiendo que la economía se encuentra entre estas últimas, el Breve tratado sobre la estupidez humana,[9] escrito por un licenciado en matemáticas, doctor en filosofía y especialista en historia de la ciencia. Es en este librito, poco más extenso que el de Cipolla sobre la estupidez humana, donde el nombre y el trabajo del historiador económico italiano brilla por su ausencia. Justamente de este último librito extraemos esta sugerente cita de Bertrand Russell: gran parte de las dificultades por las que atraviesa el mundo se deben a que los ignorantes (podríamos decir estúpidos) están completamente seguros y los inteligentes llenos de dudas.

Bibliografía

[1] Cipolla CM. El papel de las especias (y de la pimienta en particular) en el desarrollo económico de la Edad Media. En: Allegro ma non troppo. Crítica. Barcelona, 2006.

[2] Cipolla CM. Las máquinas del tiempo y de la guerra. Estudios sobre la génesis del capitalismo. Crítica. Barcelona, 2017.

[3] Cipolla CM, Bernardi A, Finley MI, Diehl C, Vilar P, Elliott JH et al. La decadencia económica de los imperios. Alianza Editorial.Madrid, 2022.

[4] Cipolla CM. Las leyes fundamentales de la estupidez humana. En: Allegro ma non troppo. Crítica. Barcelona, 2006.

[5] Gould SJ. La falsa medida del hombre. Ed. Antoni Bosch, Barcelona, 1984

[6] https://www.nature.com/articles/mp201185#citeas

[7] Cipolla CM. Miasmas and disease; public health and the environment in preindustrial age. Yale University Press, 1992.

[8] Cipolla CM. Public health and the medical profession in the Renaissance. Cambridge University Press, 1976.

[9] Moreno R. Breve tratado sobre la estupidez humana. Fórcola ediciones. Madrid, 2018.

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Una idea sobre “Reivindicando a Cipolla”

  • Guillem López Casasnovas UFP