Quien no tenga ánimo de lucro… ¿que tire la primera piedra?

La teoría económica clásica habla de que la conducta de los humanos busca maximizar la utilidad esperada: si algo nos va a generar beneficios y está a nuestro alcance (con poco esfuerzo), pues vamos a por ello.

Según esta perspectiva, todos funcionaríamos persiguiendo el beneficio, o el LUCRO. ¿Profundizamos en esto del ánimo de lucro de las organizaciones? IA, ayúdanos!!! (consulta a ChatGPT, 9/12/2025 “define el ánimo de lucro”)

El ánimo de lucro es la intención de obtener una ganancia, provecho o utilidad económica, generalmente como objetivo principal de una actividad, ya sea empresarial, comercial o incluso en el ámbito penal, diferenciando claramente a las empresas (con fines de lucro) de las organizaciones sin fines de lucro (que reinvierten beneficios en su causa social).

Bien planteados los dos criterios: objetivo principal de la organización y reinversión de beneficios. Aunque admiten excepciones: una empresa responsable y que mira por su futuro e invierte en su reputación, puede moderar su ánimo de lucro; y, por el contrario, una fundación u orden religiosa puede tener un gerente que se apropie de parte de los excedentes, de forma que la institución no se lucra, pero sí lo hacen los que la dirigen (por no hablar de las falsas fundaciones que ocultan empresas con ánimo de lucro que además mejoran su fiscalidad y obtienen un plus de reputación).

Y si vamos de las organizaciones a las personas, está claro que maximizar sus utilidades es un motor esencial del comportamiento; incluso los probos funcionarios públicos pueden hacerlo, con más facilidad de lo que a veces se cree: llegar tarde, irse pronto, escaquearse, dedicar tiempo contratado a asuntos personales, aprovechar contactos y privilegios del trabajo para obtener rentas complementarias, etc.

Pero tanto organizaciones como personas muestran una notable diversidad de comportamientos y motivaciones; muchos se alejan del lucro para satisfacer otros valores: la compasión, el conocimiento, el interés general, la reputación. La escuela de behavioural economics (economía del comportamiento) ha estudiado los patrones de conducta de los humanos que la alejan de la clásica maximización de utilidades. Una aplicación práctica de estas indagaciones, realizadas por el Premio Nobel Kahneman, y su difusor Ariely, ha sido la incorporación de nudges o empujoncitos en las políticas públicas para inducir cambios de comportamiento diferentes a la compra de voluntades o la regulación.

Bien, quizás en teoría organizativa deberíamos adjetivar el ánimo de lucro (¿in-moderado? ¿in-modulado?) para caracterizar aquellas relaciones contractuales de claro signo adversarial, en el cual el deseo de enriquecimiento domina sobre otros objetivos o valores. En el mundo de la empresa ha tenido predicamento esta relación de externalización “a cara de perro”, pero la relación entre agentes parece que se beneficia de tener marcos relacionales más estables (de hecho, en el modelo europeo de calidad EFQM (European Foundation for Quality Management) se habla de alianzas y recursos con otros agentes (proveedores y comercializadores de la empresa).

En todo caso, en la prestación de servicios sanitarios por su complejidad, relevancia social, necesidad de relaciones estables en el tiempo (procesos), y fallos del mercado que requieren importante regulación (externalidades, asimetría de información, equidad, planificación de oferta, etc.), se aconseja claramente huir de las relaciones adversariales entre agentes orientadas a la maximización de utilidades, y dejar espacio para que otros valores ocupen un espacio amplio en la relación entre agentes y en los contratos.

En una relación adversarial la externalización de servicios a la sanidad privada, por ejemplo, tiene problemas en los diversos sistemas de pago: si se paga por acto, actuará el clásico “demanda inducida por la oferta” (supply induced demand), archidemostrada en la literatura de investigación en servicios sanitarios. Si se paga por capitación, el proveedor caerá en la tentación de suministrar menos servicios de los necesarios para ahorrar dinero, y también buscará la forma de expulsar-derivar a los de alto riesgo, y captar a los de bajo riesgo (si los puede facturar por ser de “fuera del cápita”).

La externalización de procedimientos bien definidos, cuantificados en número y tasados en su calidad (listas de espera o diagnóstico) es una opción que tiene menos problemas, ya que no hay asimetría de información por su clara mensurabilidad y controlabilidad. Su problema reside en la posibilidad de debilitamiento del sector público, si estas externalizaciones son importantes en número y mantenidas o crecientes en el tiempo, ya que acaban siendo una excusa para no invertir en el desarrollo de los servicios necesarios para la población desde los centros públicos.

La provisión pública, apoyada por entidades sin ánimo de lucro u organizaciones profesionales, parece ser una buena alternativa a los modelos que alimentan la maximización de utilidades. Además, cuando creamos entornos institucionales donde el lucro está moderado o modulado, fortalecemos valores profesionales y cívicos que refuerzan la prestación de servicios, apropiada, compasiva y de calidad.

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